La crisis de las pesquerías y la conservación de los ecosistemas acuáticos existe una preocupación social creciente, basada en estudios científicos, que relaciona la salud de los ecosistemas acuáticos, tanto a escala local como global, con el incremento acumulado de múltiples presiones de origen humano. La sobreexplotación de especies con interés comercial, el incremento de algas tóxicas y medusas, la mayor frecuencia de aparición de zonas de hipoxia o muertas, el incremento de las especies invasoras, el blanqueo de los corales, la contaminación química y sobrecarga de nutrientes, la pérdida de hábitats, la acidificación de los océanos y los efectos del cambio climático, son los factores de tensión más importantes que explican porqué los ecosistemas marinos están seriamente amenazados (UNEP, 2010).
Adicionalmente existe una pérdida progresiva y preocupante de la biodiversidad asociada a estos ecosistemas, tal y como queda reflejado en el último informe Planeta Vivo de WWF (2014) que denuncia que las especies de vertebrados marinos han disminuido un 39% entre 1970 y 2010 y casi un 76% las de los ecosistemas acuáticos continentales. Las consecuencias de estos impactos en los ecosistemas acuáticos continentales y marinos tiene un efecto directo en los niveles de bienestar humano de la población mundial, pues como pone de manifiesto el proyecto Internacional de Naciones Unidas de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (MA, 2005) la humanidad es dependiente de los servicios que generan los ecosistemas tanto terrestres como oceánicos y litorales (Figura 1).
En relación al abastecimiento de alimentos a través de la actividad pesquera, los ecosistemas marinos proporcionan el 20% de la ingesta de proteínas animales a 3000 millones de personas (FAO, 2012). Asimismo, las pesquerías potencian la economía de muchas zonas litorales e insulares del mundo generando globalmente más de 660 millones de puestos de trabajo (FAO, 2012). Sin embargo, las capturas globales de pescado permanecen estables, en torno a 90 millones de toneladas, porque se está produciendo un incremento del desarrollo de la acuicultura a escala global (FAO, 2012). De esta forma, el 57,4% de las poblaciones de especies analizadas en 2009 estaban explotadas al máximo rendimiento y actualmente el porcentaje de especies sobreexplotadas ha aumentado significativamente (FAO, 2012). Pero estas estadísticas, centradas en las poblaciones de especies con interés pesquero, no tienen en cuenta los cambios que se generan en la estructura y funcionamiento de los ecosistemas marinos (Lubchenco and Petes, 2010).
En este contexto, distintos estudios sobre el estado global de los stocks pesqueros concluyen que las pesquerías están disminuyendo a nivel global, sus beneficios a largo plazo están siendo comprometidos y las presiones sobre las pesquerías están aumentando, a pesar de las políticas pesqueras que han sido implementadas para los ecosistemas marinos y costeros (Ye et al.,2013). Es decir, el ser humano está teniendo un gran impacto sobre los ecosistemas acuáticos sin entender sus consecuencias a largo plazo, y es esencial reconocer que el estado de estos ecosistemas tiene una relación directa tanto sobre los ecosistemas terrestres como sobre el bienestar de las poblaciones que viven en ellos (Ommer and Perry, 2011).
La principal causa de la crisis de las pesquerías es la sobrecapacidad de la flota pesquera (Beddington et al.,2007). Estudios científicos concluyen que la capacidad pesquera debería disminuir un 36-43% del valor estimado en 2008 a escala global (Ye et al., 2013) para conseguir mantener los niveles de biomasa dentro de los límites biológicamente sostenibles, tal como demandan varias políticas internaciones: a Cumbre Mundial de Desarrollo Sostenible (WSSD, por sus siglas en inglés) o la Política Pesquera Común de la Unión Europea (PPC).
El aumento de la capacidad de la flota, generalmente desacoplado de la capacidad productiva de las pesquerías, se ha mantenido por grandes subvenciones gubernamentales (Watson et al., 2013). Esta situación está presente también a escala europea, donde un mantenimiento sostenido de las subvenciones perpetúa la sobrecapacidad de la flota (í–sterblom et al., 2011).
En este contexto nos encontramos que, tras haber casi agotado los recursos pesqueros de las aguas nacionales, la flota pesquera española, la más numerosa en embarcaciones y que más capturas realiza, es la que más pescado importa, (alrededor del 60% del pescado que consume), cuando un buen modelo de gestión pesquera podría permitir que gran parte de ese pescado fuese de aguas nacionales.
Como resultado de todo esto se puede afirmar que el sector pesquero español, al igual que el de la Unión Europea, está en crisis. En primer lugar, desde una perspectiva ambiental por la reducción continua de poblaciones comerciales de peces y la destrucción de los ecosistemas acuáticos, en especial de sus fondos, que se refleja en una alarmante pérdida de biodiversidad marina y capacidad de regeneración de los stocks pesqueros. Pero también desde una perspectiva socioeconómica, ya que la reducción de las capturas y la pérdida de la capacidad de renovación de los stocks pesqueros por  la destrucción de los ecosistemas, está generando una reducción considerable de puestos de trabajo y un empeoramiento de las condiciones de vida de las personas que trabajan especialmente en el sector pesquero artesanal (Greenpeace, 2013).
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Autores/as: Fernando Santos-Martín, Carlos Montes, Paloma Alcorlo, Susana García-Tiscar, Blanca González, María Rosario Vidal-Abarca, María Luisa Suárez, Laura Royo, Inmaculada Férriz, Juan Barragán, Adolfo Chica, César López y Javier Benayas.
Fuente: Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente

