Evaluación de ecosistemas del milenio de España

ECOSISTEMAS para el bienestar humano
23 de diciembre de 2014

Dinámica de ecosistemas, resiliencia y regresiones sociedad-naturaleza: una aproximación crí­tica

En tiempos de incertidumbre y controversia sobre los efectos de la crisis ambiental y climática, resulta una perogrullada hablar de la importancia de los ecosistemaspara la vida del planeta, porque todos dependemos por completo de los servicios que nos brindan. Sin embargo al estudiar su evolución,cada vez es más difí­cil si no improbable suponer que existan ecosistemas no intervenidos o mí­nimamente intervenidos por las actividades humanas, pues con el devenir del tiempo son preocupantes los sí­ntomas de regresiones en la relación sociedad-naturaleza, condicionada por la ideologí­a de preeminencia absoluta de la humanidad sobre la naturaleza y por el paradigma de desarrollo extractivo que impone el sistema económico global.
Resilience.  Iqbal Osman. Creative commons. httpscreativecommons.orglicensesby2.0. No changes.Sistema económico, crisis ambiental y climática: impactos en el ecosistema 
Mientras los paí­ses industrializados y emergentes manejen un doble discurso: por un lado con la letaní­a del desarrollo sostenible y su compromiso de combatir el cambio climático con la reducción de sus emisiones contaminantes y apoyo al desarrollo de las energí­as renovables, cuando por otro lado siguen financiando proyectos de exploración en busca de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón), poco o nada se podrá avanzar y menos lograr –salvo paliativos o placebos- para enfrentar las causas generadoras -estructurales y sistémicas- de la degradación ambiental y sus graves efectos en los ecosistemas acuáticos y terrestres.

Superando las posiciones negacionistas y sesgadas crematí­sticamente, es necesario valorar de forma objetiva y realista los estudios e investigaciones cientí­ficas que se vienen realizando en el mundo sobre la magnitud y escala de los efectos e impactos generados por las actividades humanas en los ecosistemas y ambiente. Y es que ante factores disturbadores de la dinámica del ecosistema natural, opera como respuesta un mecanismo de resiliencia por el que tiende a recuperar y mantener su estabilidad y equilibrio dinámico (siempre en constante cambio, homeostasis). Pero siendo múltiples los factores internos y externos intervinientes en la dinámica natural del ecosistema –a nivel estructural, compositivo y funcional-, se produce un flujo continuo de entradas y salidas de materia y energí­a para que pueda equilibrarse en el proceso.Así­, en el discurrir de ese ciclo continuo, son los factores externos (antropogénicos) los que de hecho vienen catalizando procesos ascendentes, descendentes y de inflexión o reversión en su grado de resiliencia y estabilidad.[1]

Este mecanismo natural de equilibrio dinámico y resiliencia de los ecosistemas se ha ido alterando con los siglos, en la medida que el grado de intervención humana ha sido mucho mayor y que sus actividades económicas se han ido tecnificando y sofisticando, a costo de un modelo extractivo de recursos naturales y de efectos residuales contaminantes, para satisfacer los nuevos requerimientos de crecimiento económico y estilos de vida y desarrollo de los paí­ses y sociedades industrializadas. Por eso es que el supuesto imaginario de progreso tecnológico y modernidad de los paí­ses -a tenor de un mercado desregulado- resulta complejo, relativo, incluso contradictorio porque varí­a según el contexto y los objetivos polí­ticos y económicos de los paí­ses, así­ como de las condiciones de intercambio comercial norte-sur que en muchos casos suelen ser asimétricas e inequitativas.

Los que desde la perspectiva neoliberal defienden la relación positiva comercio-ambiente, no toman en cuenta que en el campo tecnológico ocurre un fenómeno de desplazamiento de las industrias contaminantes del norte al sur, perjudicando a los paí­ses en desarrollo donde existen débiles regulaciones ambientales. Ocurre un fenómeno global en que los paí­ses del sur son usados como basureros ambientales de los desechos tóxicos y las tecnologí­as contaminantes de los paí­ses del norte (donde si existen mayores regulaciones ambientales).Por eso no es casual que los paí­ses pobres resulten más vulnerables al calentamiento y cambio climático, y que a través de la Conferencia de las Partes-COP, en tanto cumbre climática mundial promovida por la ONU, exijan a los paí­ses industrializados y emergentes que asuman mayor compromiso y responsabilidad para lograr acuerdos concretos y vinculantes en la reducción de sus emisiones GEI y en la implementación de un fondo verde para financiar medidas adaptativas y de mitigación. Cuestión que además reitera la controversia vigente sobre el rol de la economí­a global y los lí­mites del crecimiento, el proceso de acumulación capitalista y sus implicancias con los mayores niveles de desigualdad social y desarrollo asimétrico de los paí­ses.

El imperio de la racionalidad del libre mercado y crecimiento económico de los paí­ses viene causando innumerables alteraciones en la dinámica de los ecosistemas naturales, cuestionando el hecho de que los efectos e impactos negativos ocasionados a diferentes escalas se pueda justificar a costo de la modernidad y progreso de las sociedades de los paí­ses a nivel global. La casuí­stica sobre problemas de contaminación y deterioro acelerado de los ecosistemas agrí­colas, pecuarios, forestales y acuáticos en diversas regiones del mundo es abundante; así­ también su mayor deterioro con relación a la aparición de nuevos ecosistemas.

 

El costo de la modernidad en los ecosistemas naturales y artificializados

Global Ecology and Biogeography2 describe la existencia de “nuevos ecosistemas”, definiéndolos como “aquellos que contienen una composición de especies y abundancias relativas que no han ocurrido en el pasado en ese bioma”. Para ello se basan en dos caracterí­sticas claves: “(1) novedad: “nuevas combinaciones de especies con el potencial de cambiar el funcionamiento del ecosistema”, y (2) influencia humana: ecosistemas resultantes de la intervención humana“. Del artí­culo citado se desprende que los “nuevos ecosistemas” son en realidad ecosistemas degradados por las actividades humanas que se encuentran en un estado transicional o gradiente desde su estado natural a un estado de manejo intensivo (artificializado), resultando muy difí­cil –sino improbable- poder retornarlos a su estado anterior (restaurarlos) o tornarlos a su estado más natural posible (rehabilitarlos).

Lo anterior implica cierta controversia sobre los fines, objetivos y lí­mites de la ecologí­a de restauración y rehabilitación para poder recuperar ecosistemas degradados, dañados o incluso destruidos, porque para este fin implica como condición base realizar una aproximación holí­stica que incorpore conocimientos ecológicos cientí­ficos contrastados, criterios socioeconómicos, el contexto cultural en el que se realiza la intervención, entre otras variables relativas a emoción, sensibilidad o espiritualidad de los pobladores y usuarios del ecosistemaque no siempre será posible contar con todas estas variables en el proceso de reversión del ecosistema afectado.

Las actividades humanas pueden generar impactos ambientales negativos de tal magnitud en el ecosistema, cuyo daño puede resultar irreversible. De hecho existen recursos naturales renovables cuya tasa de regeneración es mucho más lenta que su tasa de extracción, lo que en la práctica lo vuelve un recurso no renovable (por ejemplo bosques tropicales, biodivesidad, suelo agrí­cola, ictiofauna, etc.). Máxime si analizamos el desempeño de actividades extractivas (minerí­a, petróleo y gas), cuyos procesos tecnológicos pueden impactar negativamente en la capacidad de carga de los ecosistemas y afectar su grado de resiliencia y estabilidad, e incluso afectarlos de forma irreversible. Así­, el costo por deterioro o pérdida del recurso natural o ecosistema es muy alto en la relación comercio-ambiente, aun cuando se trate de una actividad muy rentable, porque la afectación del ecosistema no podrí­a compensarse (mucho menos reponerse) afectando la sostenibilidad ambiental global.

El hecho objetivo es que cuando interviene el factor antropogénico existe un mayor grado de incertidumbre e impredecibilidad en la situación de manejo y conservación de los ecosistemas y de los servicios que brindan a la sociedad. Y porque hasta hoy todas las evidencias indican que aún no se observan cambios sustantivos relevantes –a escala global- por parte de las sociedades más desarrolladas de los paí­ses industrializados que se aboquen de forma responsable a revertir los principales desequilibrios ambientales generados por la inadecuada interacción entre los sistemas sociales y naturales. Es más, se obvian otros enfoques y cosmovisión del mundo devenidos de los pueblos originarios de diferentes regiones del mundo basados en sus culturas y sistemas de vida, principios, prácticas, conocimientos y sobre todo respeto de la relación sociedad-naturaleza que han sido construidos por generaciones sucesivas, y que a contra lógica de la modernidad global y del desarrollo imperante, nos ofrece alternativas progresistas, avanzadas y de enriquecedor diálogo sociedad-naturaleza que hasta hoy siguen siendo insuficientemente reconocidos y valorados.

 

¿Ecosistemas simples o complejos para un futuro sostenible?

Otras investigaciones evidencian que son los ecosistemas más complejos y diversificados los que tienen mayor estabilidad y capacidad de regeneración y de operar distintos mecanismos dinámicos de equilibrio y resiliencia, en comparación con los ecosistemas más simples (artificializados o antropizados). Por lo que el grado de resiliencia de un ecosistema natural será mucho mayor cuanto menor resulte su grado de antropización, y será mucho menor cuanto mayor grado de antropización tenga.3

Al estudiar los ecosistemas naturales como sistemas complejos, se tiene ahora mayor certeza de que en su dinámica evolutiva no siempre son lineales, que poseen múltiples estados de equilibrio y transición, que cuentan con mecanismos de regulación que no siempre son predecibles ni mucho menos reversibles, y que ocurren a distinta escala (temporal y espacial). Pero algo mucho más importante de destacar, es que ahora se acentúa la tendencia a considerar que las dinámicas de los sistemas naturales no son completamente independientes de los sistemas sociales.4 Incluso hemos señalado la eventual aparición de nuevos ecosistemas, complejizando aún más el estudio de sus interacciones como sistemas ecológico-sociales y por tanto sus efectos, lí­mites y riesgos, así­ como sus perspectivas de manejo y conservación a futuro.

La cuestión es que los desequilibrios ambientales producidos por las actividades humanas, como, por ejemplo, la mayor emisión de gases de efecto invernadero, el calentamiento y cambio climático global, el adelgazamiento de la capa de ozono, la acidificación de los océanos, el retroceso de los glaciares, la contaminación, etc., no han podido ser revertidos según los mecanismos de regulación natural y resiliencia con que operan los ecosistemas. Por lo que insistimos en la preocupación de enfocarnos en monitorear los estados transicionales de los ecosistemas, su grado de resiliencia y niveles de degradación, así­ como en el caso especial de los ecosistemas antropizados, el prever la eventual aparición de nuevos rasgos y funciones que pueden cambiar sus estados originales y limitar o neutralizar los servicios valiosos que brindan a la sociedad, configurando por ende un alto grado de incertidumbre en torno a sus dinámicas y mecanismos de regulación, reversibilidad y equilibrio sistémico.

Con el proceso de la globalización económica y su influencia en los diferentes campos del quehacer humano, vemos que el costo de la constante transformación de los ecosistemas ha contribuido en mayores desequilibrios (regresiones) en la interacción de los sistemas sociales y naturales. Sin embargo, lo más preocupante es que su reversión dependerá de un cambio radical en la polí­tica económica y los estilos de vida y desarrollo de los paí­ses al norte y al sur, con las responsabilidades que a cada cual le toca asumir. Pero, además, un aspecto crucial es que los cambios y decisiones por adoptar deberán ser consustanciales con polí­ticas efectivas, sostenidas e inclusivas en cuanto a derechos fundamentales de los pueblos para eliminar la pobreza, la inseguridad alimentaria y desnutrición, la desigualdad e injusticia global.

Walter Chamochumbi
Consultor en Gestión Ambiental y Desarrollo.

 


[1] “Ecosistemas y Dinámicas Sociales: Nuevos Desafí­os para la Ecologí­a y el Desarrollo Sostenible”, artí­culo de Walter Chamochumbi (2007)…en EcoPortal (http://www.EcoPortal.net).
2 De Hobbs, R., Arico, Salvatore., Aronson, J., Bridgewater, P., Cramer, V., Epstein, P., Ewel, J., Klink, C., Lugo, A., Norton, D., Ojima, D., Richardson, D., Sanderson, E., Valladares, F., Vila, M., Zamora, R., y Hoble, M. 2007. Novel Ecosystems: theoretical and management aspects of the new ecological world order. Global Ecology and Biogeography 15: 1-7. Citado en artí­culo “Nuevos ecosistemas: ¿qué hacer con ellos?”, BEA-Boletí­n de Ecologí­a Aplicada, Nº 2, Agosto 2007, CLAES.
3“La Resiliencia en el Desarrollo Sostenible: algunas consideraciones teóricas en el campo social y ambiental”, artí­culo de Walter Chamochumbi (2005)…en EcoPortal (http://www.EcoPortal.net).
4 Ver “Nuevos paradigmas y fronteras en ecologí­a”, artí­culo de Ken Oyama, Instituto de Ecologí­a, Universidad Nacional Autónoma de México. CIENCIAS 67 JULIO SEPTIEMBRE 2002.
Fuente: alainet.org.
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