Evaluación de ecosistemas del milenio de España

ECOSISTEMAS para el bienestar humano
7 de octubre de 2012

Entrevista a í“scar Carpintero. Autor del capí­tulo de impulsores indirectos de cambio económicos (Cap. 19)

í“scar Carpintero (Valladolid, 1972), Doctor en Economí­a, Profesor de Economí­a Aplicada de la Universidad de Valladolid y Postgraduado en Economí­a de los Recursos Naturales y del Medio Ambiente por la Universidad de Alcalá. Ha escrito más de una treintena de trabajos sobre economí­a ecológica, sostenibilidad ambiental de la economí­a española, comercio y medio ambiente, y sobre la formación y consecuencias para le economí­a española de la burbuja inmobiliario-financiera. Entre sus publicaciones destacan los siguientes libros: La bioeconomí­a de Georgescu-Roegen, (Barcelona, Montesinos, 2006), El metabolismo de la economí­a española: Recursos naturales y huella ecológica (1955-2000) (Lanzarote, Fundación César Manrique, 2005), Entre la economí­a y la naturaleza, (Madrid, Los Libros de la Catarata, 1999); y la edición y traducción de Ensayos bioeconómicos, de Nicholas Georgescu-Roegen (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2007). En colaboración con J.M. Naredo y Carmen Marcos ha publicado Patrimonio inmobiliario y balance nacional de la economí­a española (1995-2007), (Madrid, FUNCAS, 2008). Es miembro del Consejo de Redacción de la Revista de Economí­a Crí­tica y de Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio global, así­ como miembro del Consejo Asesor del Centro de Investigaciones para la Paz (CIP-Ecosocial). Es Vicepresidente de la Asociación de  Economí­a Ecológica en España, y miembro de la asociación CiMA (Cientí­ficos por el Medio Ambiente). Igualmente es socio de Ecologistas en Acción.

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¿Cómo crees que se relaciona el impulsor económico con otros impulsores de cambio?
La evolución del bienestar humano en España ha estado acompañada de un preocupante deterioro de los servicios proporcionados por los ecosistemas. Por su propia naturaleza, el impulsor económico atraviesa muchas dimensiones de la existencia humana y de su bienestar, y en el caso español se ha visto cómo afecta a prácticamente todos los servicios de abastecimiento (alimentación, agua, tejidos, fibras y materiales bióticos, materiales geóticos, energí­a y reserva genética…), a varios de regulación (almacenamiento de carbono, regulación hí­drica, control de erosión, fertilidad del suelo) y varios culturales (actividades recreativas, paisaje, conocimiento ecológico tradicional, y educación ambiental).

¿Podrí­as resumir los mensajes clave del capí­tulo de impulsores económicos del informe de la Evaluación de Ecosistemas del Milenio?
El modelo económico español durante el último medio siglo ha revelado la especial dependencia que tiene la producción de bienes y servicios respecto al uso de los servicios de los ecosistemas. Con resultados sorprendentes: la economí­a española utiliza casi tres veces más energí­a y materiales no renovables por unidad de PIB a comienzos del siglo XXI de la que utilizaba a finales de la década de 1950. Es decir, que cada vez generamos más bienes y servicios pero, al mismo tiempo, los producimos de manera más ineficiente. Todo lo cual permite concluir que la pérdida de peso de la agricultura, la minerí­a y la industria, unida a la creciente terciarización de nuestra economí­a, no ha originado en España ninguna “desmaterialización” de la misma sino que, por el contrario, dio lugar a una rematerialización continuada desde los años sesenta.
Fue, precisamente, en la década de 1960 cuando comienza la principal transformación económico-ecológica en nuestro paí­s: el paso de una economí­a de la producción apoyada mayoritariamente sobre la utilización de recursos renovables, hacia una economí­a de la adquisición que se abastece de recursos no renovables, tanto internos, como con cargo al resto del mundo. Esta ruptura de los años 60 se ha visto, además, agravada por un momento importante de aceleración de las tendencias insostenibles a partir de mediados de los años 80. En esa aceleración, tuvo mucho que ver tanto las tendencias internas (boom inmobiliario, ineficiencia energética, etc.), como el recurso creciente al resto del mundo derivado de la mayor inserción internacional de la economí­a española (tanto con la UE como con el resto de paí­ses).
Esta presión sobre el resto del mundo hizo que, desde esas fechas, comenzara a aflorar un doble déficit de la economí­a española: un déficit fí­sico (en energí­a y materiales) sufragado por un comercio internacional favorable en las relaciones de intercambio con los paí­ses pobres; y un déficit territorial (medido a través del déficit ecológico) que pone de relieve cómo la huella ecológica asociada a nuestro modelo de producción y consumo exige un territorio ecológicamente productivo cuatro veces superior a nuestras disponibilidades. Sólo la superficie forestal nueva que serí­a necesaria para absorber las emisiones de dióxido de carbono consecuencia de la quema de combustibles fósiles exigirí­a el equivalente a 2,5 veces la superficie del territorio español.

Cada dí­a escuchamos muchas veces la palabra crisis. Desde la perspectiva de la economí­a ecológica, ¿Qué crisis crees que hay?
Desde el comienzo de esto que en los paí­ses ricos llamamos crisis –hay que recordar que para el grueso de la humanidad el capitalismo estarí­a en crisis desde hace décadas- bastantes economistas ecológicos (y economistas heterodoxos en general) llamaron la atención sobre lo que se nos avecinaba. Este pequeño recordatorio en tiempos de desmemoria me parece pertinente.
Pero, aparte de los desencadenantes financieros o inmobiliarios (elementos más o menos comunes a otras crisis económicas pasadas), la economí­a ecológica ha logrado relacionar lo anterior con esferas tradicionalmente olvidadas por el enfoque económico ordinario: ha mostrado que no es posible seguir hablando de producción y consumo de bienes y servicios al margen de los cimientos y limitaciones biofí­sicas que lo permiten. Que “producir más” (¿para qué?) en los paí­ses ricos, como se suele reclamar actualmente por la economí­a convencional, es un camino que, colectivamente, nos adentrará aún más en el desastre social y ambiental: incrementará el uso de recursos totales y el deterioro ecológico en un planeta de recursos finitos, y expulsará de la vida socioecónómica a crecientes franjas de la población “poco productiva”.  Todo ello, claro está, comprometerá seriamente las posibilidades de supervivencia de la especie humana. Por tanto, crisis económica, sí­, pero también ecológica y social.

¿Cuáles son las 3 principales propuestas para que la economí­a se ajuste a los lí­mites biofí­sicos del planeta? ¿Cómo deberí­a ser la salida a la misma?
Las limitaciones de la estrategia del crecimiento económico planteadas antes deberí­an revalorizar las posibilidades de las polí­ticas redistributivas en todos los ámbitos y escalas, lo que pasarí­a, en primer lugar, porque los paí­ses de la OCDE redujeran su presión y apropiación sobre la energí­a, los materiales y la generación de residuos liberando recursos y espacio ambiental para que una parte considerable de la población mundial pudiera aprovecharlos y, simplemente, vivir.
Afortunadamente, sabemos bastantes cosas sobre cómo hacerlo, sobre cómo acometer técnicamente esa reconversión económico-ecológica de las sociedades industriales. Y son más de tres. Sabemos, por ejemplo, cómo dar los pasos hacia un modelo energético más sostenible; cómo reducir nuestro consumo de recursos naturales fomentando polí­ticas de demanda, ahorro y eficiencia; cómo ordenar las ciudades y el territorio para vivir más saludablemente; cómo procurarnos alimentos sanos y de calidad sin poner en peligro la salud de las personas y de los ecosistemas (agricultura ecológica); cómo producir industrialmente minimizando los impactos (industria limpia), cómo favorecer los consumos colectivos reforzando los servicios públicos; cómo desarrollar mecanismos de cooperación económica y social en detrimento de soluciones competitivas; cómo avanzar en una regulación más equitativa y sostenible del comercio y las finanzas etc. Sabemos, en definitiva, que es posible “vivir (bien) con menos”, como nos recuerdan Jorge Riechmann y Joaquim Sempere.
No soy tan ingenuo para no saber que a veces no es suficiente con que algo sea técnicamente posible para llevarlo a buen puerto. Generalmente se necesita el respaldo social y el marco institucional o regla de juego que lo faciliten e incentiven desde el poder polí­tico. Y eso, ciertamente, no es sencillo. Y no lo es porque obliga a reconsiderar los objetivos (privados o colectivos) a los que sirve el marco institucional y suele ocurrir que, en situaciones así­, los actuales beneficiarios de las reglas del juego intentan hacer pasar sus intereses particulares por intereses generales. Ahora bien: los movimientos sociales realizan, justamente, el papel contrario: poner sobre la mesa la fuerza para torcer esos intereses particulares y transformarlos en beneficios colectivos. Por eso nuestra labor como ciudadanos informados debe ser apoyarlos.
Qué duda cabe que todo esto exigirá tiempo, recursos y esfuerzo durante la transición, pero seguramente no menos recursos y esfuerzo que otras reconversiones (industriales, bancarias,…) que se han acometido en el pasado y en las que tal vez nos jugásemos menos como sociedad.

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