Evaluación de ecosistemas del milenio de España

ECOSISTEMAS para el bienestar humano
7 de marzo de 2017

Nuevos retos para el Tratado de las Semillas

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Los paí­ses deben avanzar en la implementación del pacto, incluyendo los derechos del agricultor

Este año se reunirán los 143 paí­ses cuyos parlamentos nacionales han ratificado el Tratado internacional sobre los recursos fitogenéticos para la alimentación y la agricultura. Entre ellos estarán por primera vez Argentina, Bolivia, Chile y Estados Unidos. Discutirán mejoras encaminadas a incrementar la capacidad de los cientí­ficos y los agricultores de dar respuestas a los desafí­os de producir más, mejores y más diversos alimentos en condiciones de cambio climático. También se debatirá sobre cómo asegurar en el siglo XXI una distribución más justa y equitativa de los beneficios y sobre cómo hacer realidad los derechos del agricultor.

 

La conservación y el intercambio de semillas a nivel mundial son necesarios para la investigación. Desde enero de 2007, el «Tratado de las Semillas de la FAO» —como se le conoce familiarmente— ha facilitado el intercambio de más de 3,26 millones de muestras de los cultivos más importantes para la alimentación del mundo

Se trata de cultivos básicos que están todos los dí­as en nuestra dieta: trigo en forma pan, de pizza y de pasta, el arroz de la paella, los garbanzos del cocido y las verduras de nuestras ensaladas. Especies que se han elegido por su estrecha vinculación a la seguridad alimentaria a nivel planetario. Hablamos también de otros como el maí­z, la cebada, las habas, los frijoles, las patatas, las lentejas y así­ hasta una larga lista de 64 cultivos.

En efecto, todos los estudios realizados hasta la fecha enfatizan la gran dependencia que existe entre los paí­ses respecto a cultivos originarios de otras regiones. Uno de los más recientes indica un nivel de dependencia media entre paí­ses del 69%. Y lo que es más revelador: en los últimos 50 años esa dependencia ha aumentado. En parte debido al crecimiento económico, los avances cientí­ficos y la necesidad de asegurar la sostenibilidad del desarrollo agrí­cola, y en parte también por la globalización de los sistemas de producción de alimentos. Sin olvidar que más del 80% de las variedades de semillas cultivadas que habí­a hace un siglo se han perdido para siempre.

«El Tratado nació del esfuerzo de quienes se empecinaron en cambiar las reglas que permití­an la apropiación impune y el expolio de las semillas por parte de los grandes poderes económicos»

El Tratado de las Semillas es el instrumento negociado y consensuado por todos los paí­ses para estrechar la cooperación entre ellos en esta materia y evitar así­ la pérdida de biodiversidad agrí­cola. Aunque ya se ha hecho mucho, queda mucho por hacer. A través del último informe mundial elaborado por la FAO sobre semillas y erosión de los cultivos alimentarios, más de 60 paí­ses han alertado de problemas. Alrededor de la mitad de las pérdidas de semillas afectaban a cereales y a gramí­neas usadas principalmente como forraje para el ganado, y 18 paí­ses han informado sobre la desaparición de variedades de hortalizas. Por ejemplo, Ecuador, China y Lí­bano informaron de la pérdida de diversidad en variedades de maí­z, arroz, almendras y otros cultivos locales.

Esa erosión genética que se produce a miles de kilómetros de nuestros hogares nos afecta. Pensemos por un momento en el arroz. Sabemos que las regiones con mayor diversidad del arroz son ífrica y el suroeste de Asia, donde los agricultores continúan cultivando variedades de origen ancestral. Las mejores colecciones de arroz se encuentran en Bení­n, China, Estados Unidos, Filipinas, India y Tailandia, además de los bancos de semillas internacionales del Centro Internacional del Arroz y del Centro Africano del Arroz. Pues bien, en estos primeros años de operaciones el Tratado de las Semillas ha facilitado el intercambio de 558.676 muestras del cereal para la investigación provenientes de Filipinas, Bení­n, Japón, Estados Unidos, Canadá y Brasil.

Una de las caracterí­sticas esenciales de los cultivos es su estrecha relación con la acción humana. Lo que llega a las manos de los investigadores desde un banco de semillas estuvo antes en el campo, fue obtenido por agricultores y fueron ellos los que hicieron una selección a través de milenios. Y todaví­a hoy, principalmente en los paí­ses en desarrollo, son los que se ocupan su conservación y de que los cultivos sigan evolucionando y adaptándose tanto a nuestras necesidades como a las condiciones cambiantes medioambientales. Por eso el Tratado de las Semillas reconoce esa labor y la necesidad de promoverla mediante el reconocimiento y la implementación de los «derechos del agricultor» en su texto.

Hoy en dí­a, las actividades de conservación identificadas en el Tratado son también una realidad sobre el terreno, donde a menudo agricultores e investigadores colaboran. Desde 2009, el Tratado ha financiado numerosos proyectos de agricultura familiar con alto impacto sobre la seguridad alimentaria, la adaptación al cambio climático y la biodiversidad agrí­cola. Estos proyectos, ejecutados en paí­ses en desarrollo contribuyen a los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.

A través de estos proyectos, más de un millón de personas de 45 paí­ses en desarrollo, la mayorí­a pequeños agricultores, se han beneficiado de sus actividades. En colaboración con organizaciones de agricultores, de la sociedad civil y de instituciones de investigación y educación, se ha capacitado a 22.000 personas en conservación, gestión y uso sostenible de semillas de cultivos a través de más de 300 cursos y talleres.

Además, el Tratado ha ayudado a rescatar y reintroducir en sus lugares de origen miles de variedades de cultivos que se habí­an perdido y que ahora están disponibles para los agricultores a través de bancos comunitarios de semillas y de ferias de intercambio de semillas. Por ejemplo, en Malawi, el Tratado ha formado a 38 grupos de agricultores, y gracias a la colaboración de estos con los cientí­ficos se han identificado y reintroducido en los campos doce variedades de cultivos locales con las que ya no se contaba. Como resultado, hoy hay más de 2.000 familias que cultivan variedades locales con mayor diversidad, más nutritivas, más resistentes, más productivas y que necesitan menos fertilizantes.

Y los paí­ses que son parte del Tratado, en el contexto del marco jurí­dico y operativo que ofrece, realizan este trabajo en estrecha colaboración con los campesinos, institutos nacionales de investigación de otros paí­ses, con sus bancos de semillas y con sus programas de mejora. Además, a través del Tratado los once paí­ses de los bancos internacionales de semillas del Grupo Consultivo para la Investigación Agrí­cola Internacional (CGIAR), donde trabajan miles de investigadores y expertos, contribuyen a este intercambio mundial de semillas, aceptando las reglas del juego del Tratado.

Los verdaderos visionarios fueron los hombres y mujeres, ciudadanos del mundo, que se empecinaron en cambiar las reglas que permití­an la apropiación impune y el expolio de las semillas por parte de los grandes poderes económicos. El Tratado de las Semillas ha aportado un nuevo equilibrio entre el acceso a las semillas para la investigación y el acceso a los beneficios de quienes, en el campo, continúan sus labores milenarias de conservación y adaptación permanente.

El Tratado fue aprobado por consenso por todos los paí­ses y con el apoyo imprescindible de la sociedad civil, incluyendo los agricultores, las industrias de semillas y los investigadores.

Volviendo la vista atrás, podemos decir que no ha sido un camino fácil hacer realidad el texto del Tratado y los ideales de sus pioneros. Hoy, es necesario que todos los paí­ses, junto a la sociedad civil, sigan trabajando para conseguir —por el bien de la humanidad— la implementación completa del pacto, incluyendo los derechos del agricultor. También es imperativo que el diálogo y las negociaciones continúen para afrontar los nuevos retos medioambientales, tecnológicos y cientí­ficos —como la genómica y la biologí­a sintética— y también los socioeconómicos, como el incremento de la monopolización del comercio de las semillas y de la mercantilización de los alimentos.

Este es, y seguirá siendo, un Tratado necesario para la agricultura sostenible, la investigación cientí­fica, el desarrollo rural y la alimentación humana.

Fuente: El Paí­s

 

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