Evaluación de ecosistemas del milenio de España

ECOSISTEMAS para el bienestar humano
21 de marzo de 2017

“Ser el parásito de la Tierra nos lleva a la autodestrucción”

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El ecólogo David Nogués Bravo publica en ‘Science’ el primer mapa de la diversidad genética del planeta

Hace doscientos años, la mera idea de que una especie animal pudiera extinguirse era completamente revolucionaria. “No puedo evitar creer que el mamut todaví­a existe. La aniquilación de cualquier especie carece de ejemplos en cualquier parte de la naturaleza que vemos”, escribí­a en 1796 el paleontólogo (y tercer presidente de EE UU) Thomas Jefferson.

El padre de la Declaración de Independencia tení­a muchas razones para pensar que, sin duda, la naturaleza era capaz de mantenerse en equilibrio a pesar de la presión que los humanos pudieran ejercer en determinado ecosistema. Hoy, buena parte de las noticias que tenemos sobre la biodiversidad son para conocer nuevas especies en peligro o ya en extinción en distintos rincones del planeta. Pero para determinar el estado de salud de la biodiversidad de la Tierra en su conjunto cada vez es más necesario el uso de nuevos instrumentos que permitan atinar con el diagnóstico. A eso se dedica el macroecólogo David Nogués Bravo, que ha desarrollado una nueva herramienta, “como un nuevo tipo de telescopio” para observar la diversidad genética de los animales. “Son los bloques de la vida que nos ayudan a adaptarnos a los cambios. Si tienes bloques que te ayudan con los cambios en el clima tienes más posibilidades de sobrevivir”, explica Nogués (Zaragoza, 1975), de la Universidad de Copenhague, que publicó sus resultados en la revista Science, consiguiendo ser el tema de portada.

La principal observación que proporcionó este telescopio es que los humanos estamos acabando con la fortaleza genética de los animales. Ya sabí­amos que arrasamos con especies y ecosistemas, pero resulta que también estamos empobreciendo su herencia genética, lo que les hace todaví­a más vulnerables.

Uno de sus primeros trabajos de relevancia fue, precisamente, sobre la extinción de los mamuts, un estudio que mostraba cómo el cambio climático dejó a estos primos lanudos de los elefantes pendiendo de un hilo justo cuando llegaron los humanos a sus ecosistemas para darle “el golpe de gracia”. Se trata de un ejemplo tan profético como útil para entender cómo serán las extinciones presentes y futuras que estamos provocando. “Hacemos modelos sobre el futuro, pero no tenemos una máquina del tiempo para validar si estos modelos tienen sentido o no. Y por eso se comenzó a trabajar sobre el pasado”, explica este macroecólogo, profesor titular del Museo de Historia Natural de Dinamarca, un lugar en el que “la ciencia es un pilar básico”, lo que le permite tener proyectos de gran tamaño en el que se implican genetistas, paleontólogos, ecólogos, biólogos y cientí­ficos sociales. En su grupo de macroecologí­a, de unos ochenta investigadores alrededor de veinte son economistas y sociólogos “porque tenemos que entender cómo los procesos económicos y sociales están ligados a las dinámicas naturales”, explica.

«Somos la especie que mejor compite de la historia del planeta. Y cuando compites muy, muy bien, desplazas y acabas extinguiendo a las otras»

Durante un proyecto de ayuda al desarrollo, Nogués tuvo una experiencia reveladora, en un mercado en Durban (Sudáfrica), en el que se hací­an pócimas y se comerciaba impunemente con trozos de animales muertos, muchos de ellos en peligro de extinción —»uno de los grandes problemas con los mamí­feros en ífrica”—. Y viendo el trabajo de sus compañeros del museo dedicados al estudio de los insectos sociales ha llegado a una conclusión: los humanos somos el parásito de la Tierra.

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Fuente: El Paí­s

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